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En el sector de la vital plaza de mercado de Guayaquil, el 30 de noviembre de 1923 una muchedumbre heterogénea de parroquianos de ruana y sombrero, de vendedoras de verduras, de niños descalzos, campesinas convertidas en prostitutas por el rigor de la vida, chóferes de camiones de escalera, carniceros, vendedores de granos, tahúres y malandrines, contemplan absortos el intento de un hombre por elevarse hacia los cielos en un pequeño globo de lona.
Se confunden los olores de café, de aguardiente y de cerveza que exhalan las cantinas, de la carne de cerdos y novillos que cuelgan, desollados, engarzados. El desdichado alcanzó a subir unos cuantos metros, para luego caer fatalmente en tierra en medio de las exhalaciones generales de perplejidad, murió allí mismo.
Se llamaba Manuel Salvador Acosta (lo apodaban Salvita). El acontecimiento tuvo que ser publicitado. Como premonitoriamente, quien sería uno de los más prolíficos fotógrafos de la ciudad, don Gabriel Carvajal, presenció siendo un niño el acontecimiento.
El periódico El Colombiano , en su edición del 28 de enero de 1913, comentó el vuelo de Geo Schmitt. El aeroplano decoló desde la finca La Pradera de don Roberto Medina, quien “generosamente la ofreció para el espectáculo”, “describió curvas en el aire”, “voló encima de la población varios minutos y en seguida regresó al punto de partida, donde aterrizó felizmente sin contratiempo alguno”. El señor Schmitt, una vez en tierra fue objeto de “vivas muestras de entusiasmo”, los espectadores lo acompañaron hasta la casa de don Roberto donde “fue obsequiado con un magnífico almuerzo”. De regreso a sus hogares, la gente comentaba, cuenta el cronista, “el heroico valor y la tranquilidad del joven aviador”. La reseña se remata, afirmando que “se dice en la calle que para el próximo domingo prepara un segundo vuelo en esta ciudad”.
Y siete años después, el 6 de septiembre de 1920, la historia más o menos se repite, pero con una variación: el piloto no era ni francés, ni alemán, ni gringo: como cosa rara, era antioqueño. Se llamaba Francisco González, y realizó vuelos sobre Medellín en un biplano de ruedas.
En medio de una multitud que acogió el llamado a participar en la inauguración del aeropuerto, el 5 de julio de 1932 aterrizó perfectamente en medio del clamor general, el avión Sikorsky sobre la pista del que en adelante sería "El Olaya". Los periódicos de la fecha invitaban a tocar sirenas. Asistieron el gobernador y el alcalde. Todavía hoy, algunas personas conservan vívidos recuerdos del acontecimiento. El nombre de Marichú se explica en razón del mote familiar con que don Gonzalo Mejía se refería a su entrañable hermana mayor, María Jesús, y era un homenaje a quien lo apoyó sin reservas en todas las empresas que acometió en su vida.
En el corto plazo, comenzaron a aterrizar también los aviones de la Scadta y de la Saco , provenientes de Barranquilla y Bogotá. UMCA volaba a Turbo y seguía a Panamá. El tráfico de aviones y de pasajeros aumentaba, las épocas en que había que desplazarse hasta Puerto Berrío para viajar a la costa atlántica por el río Magdalena eran cosa del pasado. La aviación comercial en la ciudad era un hecho cumplido.